VISIÓN y UIPT en La India
La India de los marajás en la era digital
Un viaje por los 720 kilómetros que unen el Triángulo Dorado a través de Delhi, Jaipur y Agra, con paradas en misteriosos lugares como la ciudad fantasma de Fatehpur Sikri
Ana Gaitero
Diario de León
India
Matrimonio
Siglo XX
Patrimonio de la Humanidad
Patrimonio
Al atravesar el pórtico que se abre al Taj Mahal, una de las siete maravillas del mundo, el mausoleo blanco y perfectamente simétrico flota en el amanecer de Agra. El templo del amor se refleja sobre el estilizado y largo estanque que magnifica su majestuosidad.
El recorrido hasta situarse delante de la «corona de los palacios» está pensado, desde su construcción en el siglo XVII, para producir un impacto visual y emocional en los visitantes. Fue voluntad del quinto emperador mogol de la India dejar para la posteridad esta reluciente joya a orillas del río Yamuna en la ciudad que eligió como capital de su reino.
El Taj Mahal es el vértice que pone el broche al Triángulo Dorado de la India, un viaje desde Delhi a Jaipur y desde la ciudad rosa a Agra, para retornar a Delhi a través de sus extensos campos verdes de mostaza.
El amanecer es el mejor momento para disfrutar del hechizo que le costó el reinado a Shah Jahan (1592-1666). En el lecho de muerte, su esposa favorita, Arjumand Banu Begum, conocida como Mumtaz Mahal, le pidió que criara a sus hijos e hijas como un padre y no como un emperador. En lo que se empleó a fondo fue en levantar el lujuso mausoleo.
Mumtaz, murió de sobreparto al dar a luz a una niña, que hacía la décimo cuarta criatura del matrimonio. Mientras las fuerzas le abandonaban por la hemorragia, rogó a su amado esposo que la recordara en un lugar cerca de su corazón.
Shah Jahan lloró durante meses y dedicó el resto de su gobierno a construir una obra monumental, perfecta, en honor a su amada esposa. Durante más de dos décadas al menos 22.000 obreros —sin contar los que trabajaron en las canteras— levantaron el Taj Mahal.
Cuenta la leyenda que el emperador mandó cortar las manos de los artesanos que hicieron las magníficas decoraciones florales con piedras de colores para que no pudieran replicarlas en ningún otro lugar. El guía de la expedición de Visión, Jitendra Rathore, lo explica de otra manera: el emperador hizo firmar a arquitectos y principales artesanos que no replicarían la obra en ningún lugar y les pagó por sellar el secreto.
La cúpula del Taj Mahal es exacta a la que corona la tumba de Humayun, en Delhi, donde comienza el periplo de siete días de inmersión en la cultura y, un poco también, en la vida de la India, preparado por Satguru Travel.
El Triángulo Dorado, con un buen guía, es más que un recorrido turístico de una semana. Es un viaje a través miles de años por la cultura viva más antigua salpicada con maravillas patrimonio de la humanidad como el Taj Mahal, la ciudad rosa de Jaipur y la tumba de Humayun o el Qutub Minar, el minarete más alto del mundo.
Los contrastes de la globalización que avanza a pasos de gigante sobre el país más poblado del mundo, con 1.400 millones de habitantes, emergen entre el colorido de los puestos de comidas y la suciedad de las calles. El ruidoso tráfico discurre entre una calma desconocida.
La vida fluye como un milagro entre las colas que serpetean por los carriles de asfalto. Ocho carriles atestados de tráfico. Delhi es un pitido permanente. El ruido se cuela por la niebla-boina, mezcla de la humedad propia del clima del final del invierno y de la contaminación, antes de que el sol pueda traspasar el velo gris.
Delhi es una ciudad caótica llena de color, con mucha vegetación, flores exóticas y una exhuberante comunicación visual que muestra más verdad que cualquier guía europea anclada en los tópicos (ya falsos) de un país que emerge con una fuerza arrolladora en el panorama mundial. Es la cuarta economía mundial, camino de posicionarse como la tercera, como acaba de anunciar el presidente Modi.
«Not just roads, building a nation» (No son solo carreteras, es una nación en construcción). El cartel es un eslogan oficial dirigido a propios y extraños, muy cerca del aeropuerto Indira Gandhi de la capital india. Es la primera señal de las sorpresas que va a deparar la rápida visita a quienes lleven en su cabeza la idea del país pobre de los intocables. Las castas, recuerda Jitendra, tienen su origen en las bernas, la división del trabajo por grupos sociales: sacerdotes, guerreros y gobernantes, comerciantes, oficios (panaderos, carpinteros, zapateros… limpieza). El término intocables empezó a usarse con las personas que se ocupaban de sacar la piel a las vacas y llegaban con las manos manchadas de su sangre. No querían tocarles.
De las vacas aprovechan la leche y hacen queso, yogur, mantequilla… pero no comen su carne. De hecho, quienes practican el hunduismo no comen ningún tipo de carne, como tampoco la comen los elefantes. «Ahora el mundo se está aficionando a comer eso… con los McDonalds y KFC», que también se ven en sus ciudades. El cordero, por la influencia musulmana, y sobre todo el pollo son la fuente de proteína cárnica nacional, bien especiada en diferentes variantes. Currys, tandoris y el naan, el pan plano con diferentes ingredientes, son la oferta típica habitual en restaurantes y hoteles, donde también se puede optar por la comida internacional.
Debajo de los grandes bloques de hormigón, decorados con alegres y coloridos dibujos de la tradición, símbolo de la riqueza cultural de este país que fue un conglomerado de fastuosos reinos en medio de la jungla, se recuestan algunas vacas y personas sin hogar duermen bajo este techo abrazados por la circulación infinita de motos, tuc tuc, coches y camiones. El patinete no ha aterrizado aún en este extremo de las indias orientales que Occidente buscó con ansia.
Pero sería injusto y poco veraz reducir la India a estas instantáneas chocantes y estremecedoras. Tanto como la estampa de un grupo de niños y niñas vestidos con uniformes impecables esperando el autobús escolar en los suburbios de Jaipur. Futuro y presente caminan juntos. La educación pública, de gran prestigio, gratuita y muy exigente en las universidades, es el baluarte del futuro, junto a la atracción de inversiones de todo el mundo a polos tecnológicos como Bangalore, que no visitaremos.
La resiliencia entrenada durante siglos sostiene el presente como las mujeres sujetan las escobas de ripia con las que barren la calle polvorienta y sucia al amanecer, camino del fuerte Amber. La misma fortaleza de los vendedores que te asaltan con sus fruslerías para ganar unas rupias, los miles de indios que abren cada mañana sus puestos de comida en los sitios más insospechados y resisten más allá del atardecer con lámparas de luz solar.
La invasión musulmana se produce en la India casi al mismo tiempo que en Hispania, en el año 670. El Qutub Minar, el minarete de 73 metros de altura, representa el comienzo de una nueva era con el inicio del sultanato en Delhi tras la derrota del último rey hindú de la ciudad y la destrucción de sus templos. Una rampa de dos kilómetros fue necesaria para poder acometer esta torre de ladrillo que mandó levantar Qutb-ud-din Aibak en 1193. Se calcula que en todo el territorio que forma India en la actualidad destruyeron más de 60.000 templos hindúes. Los pilares, campanas y cadenas tallados en el complejo Qutub Minar, particularmente en la mezquita Quwwat-ul-Islam, son vestigios de los templos hindúes y jainistas destruidos para construir el monumento islámico.
El Iron Pillar o Pilar de Hierro de Delhi que pervive en el complejo de Qutub se erige como una muestra de la fortaleza de ese pasado que no pudo ser destruido. Construido en el reinado de Chandragupta II, durante el siglo IV, da testimonio de la historia de la siderurgia y del alto nivel de conocimiento y sofisticación de los herreros indios. Es la fortaleza de hierro del pueblo indio.
La vida en India corre o anda a muchas velocidades. Nadie se detiene en el torbellino cotidiano. Veintiocho estados, ocho distritos federales y 545 representantes en el Parlamento dibujan su cartografía geopolítica interior. Son los herederos de los 552 reinos con los que convivió el Imperio Británico, primero a través de la Compañía de las Indias Orientales, durante los tres siglos de colonización hasta la independencia de 1947.
La tumba de Humayun es otra parada del Triángulo Dorado en el recorrido por Delhi que ofrece Satguru Travel. La tumba de Humayun es el preludio del Taj-Mahal, que tiene en su cúpula una gemela de la de Delhi, construida ocho décadas antes y también Patrimonio de la Humanidad. Es la primera tumba-jardín, encargada por Bega Begum, emperatriz y esposa de Humayun, segundo emperador del Imperio Mogol. Su construcción comenzó en 1565, diez años después de la muerte del emperador, y terminó en 1572.
La India no es un país que se pueda entender con la mirada superficial de una turista occidental. Hay que penetrar más allá de los tópicos y de las apariencias. Las desigualdades son una realidad descomunal, en todos los ámbitos, y más si nos fijamos en las mujeres, pero no es pobreza la palabra que, por sí sola, definiría al subcontinente asiático, ni siquiera a una pequeña parte de los estados de Delhi, Rajastán o Uttar Pradesh, por los que discurre el trayecto del Triángulo Dorado.
Si Gandhi transformó a los intocables en harijans (queridos por Dios) hace apenas 79 años —la ministra principal del estado de Delhi, Rekha Gupta, es una harijan— desde que el joven país se independizó de la corona británica, la India de Modi saca músculo como casi la tercera potencia económica mundial con la construcción de grandes infraestructuras, como la autopista elevada de Delhi a Mombay, de más de 800 kilómetros, o el nuevo aeropuerto en Nodia, el área de expansión urbanística de la capital. Más de 12.000 kilómetros de autovías en el periodo fiscal 2023-2024 se reflejan en los casi mil kilómetros del trayecto del Triángulo Dorado.
Una gran empresa pública y muchas privadas se dedican a la producción masiva de hormigón para las grandes infraestructuras, pero en las obras de restauración que vemos en el fuerte Amber trabajan familias con la argamasa elaborada en palanganas por mujeres a la manera tradicional y rudimentarios andamios de palos.
Narendra Modi, líder del Partido Popular Indio, de centro derecha, llegó al poder en 2014. Una de las primeras cosas que hizo fue suprimir los billetes de 1.000 y 2.000 rupias. Con esta medida consiguió que aflorara el dinero negro de mucha gente que no pagaba impuestos. Había que deshacerse rápidamente de la moneda caduca. «Hubo quien tiró camiones de billetes al Ganges», cuenta el guía de Sat Guru.
Otros hicieron donaciones a los templos y se llegaron a encontrar billetes con el mismo número. «Fue una revolución en la economía India, antes el 50% del dinero estaba en manos de mil familias», añade.
Ahora circula poco efectivo y cuentan con dos aplicaciones tipo Bizum para pagar online. Además obligaron a todas las personas que recibían ayudas a abrir cuenta bancaria. La India vivió una transformación muy lenta desde la independencia
Una visita rápida de seis días es muy poco tiempo, pero suficiente para cerciorarse de que un nuevo país emerge en el subcontinente asiático sobre la alfombra de uno los índices más bajos de desarrollo humano y ha levantado en Bangalore un Silicon Valley tan pujante como lo fue Kerala, la ciudad de las especias en la época de la Compañía Británica de las Indias. Van muy deprisa, aunque la meta es incierta. El año 2005, con el principio del auge de internet, marca un antes y un después en India.
Las mejoras en las comunicaciones por carretera hacen posible el intenso viaje por el Triángulo Dorado en un tiempo récord. Y el turismo, en India, como en Egipto y las ricas petromonarquías del Oriente Próximo, se vislumbra como un nicho de negocio en alza, aunque aún no se han recuperado de la época prepandemia.
La visita al Rajghat de Ghandi es una sorpresa en el itinerario previsto. Sin la monumentalidad de los grandes mausoleos de la dinastía mogol, la entrada en el complejo tiene un aire de misterio. Hay que atravesar un paso subterráneo para acercarse a la explanada donde se encuentra el panteón con el recipiente de sus cenizas custodiado por mantos de flores naranjas, moradas y blancas que se disponen en perfecta simetría y armonía. Y una llama perenne encendida.
También se puede disfrutar de una vista de pájaro desde el mirador que se sitúa por encima del pasadizo. La música acompaña el ambiente de meditación mientras fluyen los peregrinos a rendir tributo al que fue gran líder del movimiento por la independencia. Gandhi enarboló la bandera del pacifismo y es un icono de la India en el mundo. En su tierra tienen ojos críticos hacia su papel en el proceso que fue de todo, menos pacífico.
Las coloridas flores no son desconocidas. Clavelón de la India —conocidos en España como claveles chinos— y una variante de crisantemos, caléndulas y otras vistosas variedades salpican el paseo y el recinto. A la salida del jardín mausoleo se encuentra bien visible y crecidito el árbol que plantó Felipe González. No es un bonsái, sino un Anthocephalus cadamba, el kadam o Neolamarckia cadamba, un árbol tropical de crecimiento rápido que mide varios metros, aunque era un pequeño retoño el 8 de febrero de 1993, cuando el entonces presidente español hundió sus raíces en la tierra. Una placa deja constancia del momento.
La India atrapa. Las grandiosas dimensiones lo son también en el ambiente humano que se respira, aunque las colas de inmigración por las que entra cualquier extranjero pueden ser incómodas si el personal no colabora. A la entrada del aeropuerto Indira Ghandi, unas esculturas de manos con las cinco posiciones de mudras más poderosas anuncian la calma que muchas veces se confunde con (o puede llegar a ser) pasividad.
Hay que hacer acopio de tranquilidad para afrontar los desplazamientos. El tiempo se mueve a otro ritmo en la India, como en tantas otras partes del mundo. El viaje de Delhi a Jaipur se prolonga durante cinco horas —menos de 300 kilómetros— por la densidad del tráfico, las obras y las paradas obligadas para el descanso. Jaipur está en el estado de Rajastán, la tierra de los reyes, co un clima más seco y parecido al desierto.
La agricultura, la piedra, las artesanías textiles, el comercio y el turismo son los pilares de su economía. Jaipur, la ciudad rosa, fue fundada en el siglo XVIII (1727) y su esplendor desplazó la capitalidad desde Amber, también patrimonio de la humanidad y con una muralla de 22 kilómetros de longitud que es la tercera más larga del mundo, después de la Muralla China (23.000 kilómetros) y la de Udapur 23 kilómetros).
El Fuerte de Amber, a 11 kilómetros de Jaipur, fue la residencia de los marajás y su arquitectura indosarracena es una mezcla de elementos hindúes y mogoles. Situado en una colina de forma estratégica, desde sus murallas se contempla todo el valle y las montañas que lo rodean. Los todoterreno o los tuc tuc son los vehículos más apropiados para encarar la subida, aunque todavía se ofrecen paseos en elefante que, poco a poco, irán desapareciendo por la presión de las organizaciones animalistas.
La entrada nocturna en la ciudad rosada es todo un espectáculo de luz. Después de contemplar, poco antes del atardecer, el palacio flotante (Jal Mahal) sobre el lago artificial que sirvió de asueto veraniego de los reyes, la vista del Palacio de los Vientos (Hawa Mahal) impresiona con sus 90 ventanales cubiertos por celosías. El nombre le viene de su no-arquitectura interior. Es un palacio vacío en el que una escalera que comunica todas las ventanas es el único elemento que lo llena. Estaba destinado a que las mujeres pudieran contemplar los desfiles y acontecimientos sin ser vistas.
Es la arquitectura que representa el «purdah», una práctica socio-religiosa que era común a culturas musulmanas e hindúes en el sur de Asia. La palabra burka, de hecho, deriva de purdah. Las mujeres, y particularmente las princesas o maharaníes, no podían ser vistas en el espacio público.
Desde principios del siglo XX se fue rompiendo esta forma de segregación sexual. «Mi abuela, que era una persona muy imponente, había estado completamente sometida a la regla del purdah… no apareciendo jamás en público y en privado, sólo ante las mujeres, los hombres más allegados y su marido», relata en sus memorias»N Gayatri Devi 1919-2009), tercera maharaní de Jaipur.
Restos del purdah perviven en rituales como las bodas, con las que se tropieza a cada paso en la India. En un restaurante de Agra, una novia vestida con el traje rojo propio de las ceremonias hindúes no se quitaba el velo ni para beber el batido que compartió la pareja de recién casados con un reducidísimo grupo familiar. El 70% de las bodas en India siguen siendo «arregladas», si bien el matrimonio infantil está penado.
«Nunca conocí a mi esposa. Desde pequeño estaba preparado para casarme con quien me dijera la familia», confiesa el guía de la expedición de Visión. Cuando su abuelo enfermó, siendo el nieto mayor, le pidieron que se casara y le buscaron una mujer. «Nos dejaron solos una hora y veinte minutos. Yo lo hacía por respeto a mi familia, pero mi mente no estaba preparada. No me quería casar tan pronto porque pensaba en el trabajo», explica.
Puso una excusa y aplazó la decisión. «Quiere vivir solo conmigo, no con la familia», fue el argumento para hacer desistir a sus parientes. Pero volvieron a insistirle y le buscaron otra novia. «Le expliqué mi trabajo y ella me dijo que quería seguir trabajando. Nos hicieron el horóscopo para ver nuestros puntos en común —de 32 hay que tener al menos 20— y salieron 30». Después el sacerdote señaló las cinco fechas propicias y en la boda dieron las siete vueltas alrededor del fuego, con sus siete promoesas, cuatro con el novio y tres con la novia en cabeza. «Arreglamos las bodas por respeto y por presión social, en los pueblos importa. Pero la tasa de divorcios en las arregladas es del 2%», subraya después de 15 años de matrimonio con dos hijos.
Románticas historias de amor y ampulosas riquezas flotan sobre la belleza de un legado que se abre camino en la oferta mundial del turismo y es una fuente de riqueza para la población local.
La India no es un fantasma del pasado, pero merece la pena detenerse en lugares tan misteriosos como la ciudad fantasma de Fatehpur Sikri, entre Jaipur y Agra, que tardó ocho años en construirse y solo fue habitada durante siete… por falta de agua, dicen unos, o por un asedio insoportable que determinó el traslado de la corte a Agra, donde el esplendor mogol continuó hasta que el rey Shah Jahan fue apresado por su hijo por su obstinación en construir el Taj Mahal.

















